Xa rematei de ler ese libro de Karl Marx do que falaba hai dúas semanas na anotación Karl Marx e Howard Zinn: “parecidos razonables”. Lino na edición en papel que cito a continuación:
- Karl Marx: Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850. El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Espasa-Calpe, Madrid, 1985 (Colección Austral, número 1651). ISBN: 9788423916511. Títulos orixinais: Die Klassenkämpfe in Frankreich 1848 bis 1850, publicado orixinalmente en varios números da Neue Rheinische Zeitung Politisch-ökonomische Revue (Köln, 1850). Der Achtzehnte Brumaire des Louis Bonaparte, publicado orixinalmente na revista Die Revolution (New York, 1852).
Pero encontrei unha páxina, Marxists Internet Archive, con moitos textos de Karl Marx e do seu colaborador Friedrich Engels en varias linguas, xunto con textos doutros moitos autores que se reivindicaron como “marxistas”, algúns deles abusando do nome e dilapidando a memoria dun grande filósofo e historiador.
O abuso das palabras é tristemente frecuente, e é difícil loitar contra isto nun mundo onde estamos inundados con “informacións” que desinforman, que constitúen unha propaganda cada vez máis refinada, nun mundo onde millóns de malos guitarristas temos potentes amplificadores, nun mundo onde pouca xente le no sentido que Thoreau ou no sentido que Ibn Sina daban ó termo “ler”, onde pouca xente pensa no sentido que Gilbert Ryle daba ó termo “pensar”…
Vou usa-la edición dixital en español para copiar e pegar algúns fragmentos que me pareceron interesantes. Este é o principio da terceira parte de Die Klassenkämpfe in Frankreich 1848 bis 1850, onde, por certo, hai unha lección maxistral sobre como se pode pervertir calquera palabra nunha “democracia parlamentaria”, neste caso para xustificar unha guerra:
III. Las consecuencias del 13 de junio de 1849
El 20 de diciembre, la cabeza de Jano de la república constitucional no había enseñado todavía más que una cara, la del poder ejecutivo, con los rasgos borrosos y achatados de Luis Bonaparte; el 28 de mayo de 1849 enseñó la otra cara, la del poder legislativo, llena de cicatrices que habían dejado en ella las orgías de la Restauración y de la monarquía de Julio. Con la Asamblea Nacional legislativa se completó la formación de la república constitucional, es decir, de la forma republicana de gobierno en que queda constituida la dominación de la clase burguesa, y por tanto la dominación conjunta de las dos grandes fracciones monárquicas que forman la burguesía francesa: los legitimistas y los orleanistas coligados, el partido del orden.
Y, mientras de este modo la República francesa era concedida en propiedad a la coalición de los partidos monárquicos, la coalición europea de las potencias contrarrevolucionarias emprendía al mismo tiempo una cruzada general contra los últimos refugios de las revoluciones de marzo. Rusia se lanzó sobre Hungría, Prusia marchó contra el ejército que luchaba por la Constitución del Reich y Oudinot bombardeó a Roma. La crisis europea marchaba, evidentemente, hacia un viraje decisivo; las miradas de toda Europa se dirigían a París y las miradas de todo París a la Asamblea Legislativa.
El 11 de junio subió a la tribuna Ledru-Rollin. No pronunció un discurso, sino que formuló contra los ministros una requisitoria escueta, sobria, documentada, concentrada, violenta.
El ataque contra Roma es un ataque contra la Constitución; el ataque contra la República romana, un ataque contra la República francesa. El artículo 5 de la Constitución dice así: «La República Francesa no empleará jamás sus fuerzas militares contra la libertad de ningún pueblo»; y el presidente emplea el ejército francés contra la libertad de Roma. El artículo 54 de la Constitución prohíbe al poder ejecutivo declarar ninguna guerra sin el consentimiento de la Asamblea Nacional. El acuerdo de la Constituyente de 8 de mayo ordena expresamente a los ministros ajustar sin pérdida de tiempo la expedición romana a su primitiva finalidad, les prohíbe, por tanto, no menos expresamente, la guerra contra Roma; y Oudinot bombardea Roma.
Así, Ledru-Rollin invocaba a la misma Constitución como testigo de cargo contra Bonaparte y sus ministros. Y él, el tribuno de la Constitución, lanzó a la cara de la mayoría monárquica de la Asamblea Nacional esta amenazadora declaración: «Los republicanos sabrán hacer respetar la Constitución por todos los medios, ¡incluso, si es preciso, por la fuerza de las armas!» «¡Por la fuerza de las armas!», repitió el eco centuplicado de la Montaña. La mayoría contestó con un tumulto espantoso; el presidente de la Asamblea Nacional llamó a Ledru-Rollin al orden. Ledru-Rollin repitió el desafío y acabó depositando en la mesa presidencial la moción de que se formulase un acta de acusación contra Bonaparte y sus ministros. La Asamblea Nacional acordó, por 361 votos contra 203, pasar del bombardeo de Roma al simple orden del día.
¿Creía Ledru-Rollin poder derrotar a la Asamblea Nacional con la Constitución y al presidente con la Asamblea Nacional?
Era cierto que la Constitución prohibía todo ataque contra la libertad de otros pueblos, pero lo que el ejército francés atacaba en Roma era, según el ministerio, no la «libertad», sino el «despotismo de la anarquía». ¿Es que la Montaña, a pesar de toda su experiencia de la Asamblea Constituyente, no había comprendido todavía que la interpretación de la Constitución no pertenecía a los que la habían hecho, sino solamente a los que la habían aceptado; que su texto debía interpretarse en su sentido viable y que su único sentido viable era el sentido burgués; que Bonaparte y la mayoría monárquica de la Asamblea Nacional eran los intérpretes auténticos de la Constitución, como el cura es el intérprete auténtico de la Biblia y el juez el intérprete auténtico de la ley? [...]
Nesta mesma terceira parte, pero varias páxinas máis adiante, fala Marx dos labregos, do imposto sobre o viño, do sistema de parcelas que condena ó minifundio, das hipotecas que gravan as terras e da usura. Pareceume que algúns destes asuntos concorreron tamén, con outras circunstancias, na Historia de Galicia:
[...] El campesino francés, cuando quiere representar al diablo, lo pinta con la figura del recaudador de contribuciones. [...]
El odio popular contra el impuesto sobre el vino se explica por la razón de que este impuesto era suma y compendio de todo lo que tenía de execrable el sistema fiscal francés. El modo de su percepción es odioso y el modo de su distribución, aristocrático, pues las tasas son las mismas para los vinos más corrientes que para los más caros. Aumenta, por tanto, en progresión geométrica, con la pobreza del consumidor, como un impuesto progresivo al revés. Es una prima a la adulteración y a la falsificación de los vinos y provoca, por tanto, directamente, el envenenamiento de las clases trabajadoras. Disminuye el consumo montando fielatos a las puertas de todas las ciudades de más de 4 000 habitantes y convirtiendo cada ciudad en un territorio extranjero con aranceles protectores contra los vinos franceses. Los grandes tratantes en vinos, pero sobre todo los pequeños, los marchands de vin, los taberneros, cuyos ingresos dependen directamente del consumo de bebidas, son otros tantos adversarios declarados de este impuesto. Y, finalmente, al reducir el consumo, el impuesto sobre el vino merma a la producción el mercado. A la par que incapacita a los obreros de las ciudades para pagar el vino, incapacita a los campesinos vinícolas para venderlo. Y Francia cuenta con una población vitivinícola de unos doce millones.
Fácil es comprender, con esto, el odio del pueblo en general y el fanatismo de los campesinos en particular contra el impuesto sobre el vino. Además en su restablecimiento no veían un acontecimiento aislado, más o menos fortuito. Los campesinos tienen una modalidad propia de tradición histórica, que se hereda de padres a hijos. Y en esta escuela histórica se murmuraba que todo Gobierno, en cuanto quiere engañar a los campesinos, promete abolir el impuesto sobre el vino y, después que los ha engañado, lo mantiene o lo restablece. Por el impuesto sobre el vino paladea el campesino el bouquet del Gobierno, su tendencia. El restablecimiento del impuesto sobre el vino, el 20 de diciembre, quería decir: Luis Bonaparte es como los otros. Pero éste no era como los otros, era una invención campesina, y en los pliegos con millones de firmas contra el impuesto sobre el vino, los campesinos retiraban los votos que habían dado hacía un año al «sobrino de su tío».
La población campesina —más de los dos tercios de la población total de Francia—, está compuesta en su mayor parte por los propietarios territoriales supuestamente libres. La primera generación, liberada sin compensación de las cargas feudales por la revolución de 1789, no había pagado nada por la tierra. Pero las siguientes generaciones pagaban bajo la forma de precio de la tierra lo que sus antepasados semisiervos habían pagado bajo la forma de rentas, diezmos, prestaciones personales, etc.
Cuanto más crecía la población y más se acentuaba el reparto de la tierra, más caro era el precio de la parcela, pues a medida que ésta disminuye, aumenta la demanda en torno a ella. Pero en la misma proporción en que subía el precio que el campesino pagaba por la parcela —tanto si la compraba directamente como si sus coherederos se la cargaban en cuenta como capital—, aumentaba necesariamente el endeudamiento del campesino, es decir, la hipoteca. El título de deuda que grava el suelo se llama, en efecto, hipoteca, o sea, papeleta de empeño de la tierra. Al igual que sobre las fincas medievales se acumulaban los privilegios, sobre la parcela moderna se acumulaban las hipotecas.
Por otra parte, en la economía parcelaria, la tierra es, para su propietario, un mero instrumento de producción. Ahora bien, a medida que el suelo se reparte, disminuye su fertilidad. La aplicación de maquinaria al cultivo, la división del trabajo, los grandes medios para mejorar la tierra, tales como la instalación de canales de drenaje y de riego, etc., se hacen cada vez más imposibles, a la par que los gastos improductivos del cultivo aumentan en la misma medida en que aumenta la división del instrumento de producción en sí. Y todo esto, lo mismo si el dueño de la parcela posee capital que si no lo posee. Pero, cuanto más se acentúa la división, más es el pedazo de tierra con su mísero inventario el único capital del campesino parcelista, más se reduce la inversión del capital sobre el suelo, más carece el pequeño campesino [Kotsassen] de la tierra, de dinero y de cultura para aplicar los progresos de la agronomía, más retrocede el cultivo del suelo. Finalmente, el producto neto disminuye en la misma proporción en que aumenta el consumo bruto, en que toda la familia del campesino se ve imposibilitada para otras ocupaciones por la posesión de su tierra, aunque de ésta no pueda sacar lo bastante para vivir.
Así, pues, en la misma medida en que aumenta la población, y con ella la división del suelo, encarece el instrumento de producción, la tierra, y disminuye su fertilidad, y en la misma medida decae la agricultura y se carga de deudas el campesino. Y lo que era efecto se convierte, a su vez, en causa. Cada generación deja a la otra más endeudada, cada nueva generación comienza bajo condiciones más desfavorables y más gravosas, las hipotecas engendran nuevas hipotecas y, cuando el campesino no puede encontrar en su parcela una garantía para contraer nuevas deudas, es decir, cuando no puede gravarla con nuevas hipotecas, cae directamente en las garras de la usura, y los intereses usurarios se hacen cada vez más descomunales.
Y así se ha llegado a una situación en que el campesino francés, bajo la forma de intereses por las hipotecas que gravan la tierra, bajo la forma de intereses por los adelantos no hipotecarios del usurero, cede al capitalista no solo la renta del suelo, no solo el beneficio industrial, en una palabra: no solo toda la ganancia neta, sino incluso una parte del salario; es decir, que ha descendido al nivel del colono irlandés, y todo bajo el pretexto de ser propietario privado.
En Francia, este proceso fue acelerado por la carga fiscal continuamente creciente y por las costas judiciales, en parte provocadas directamente por los mismos formalismos con que la legislación francesa rodea a la propiedad territorial, en parte por los conflictos interminables que se producen entre parcelas que lindan unas con otras y se entrecruzan por todos lados, y en parte por la furia pleiteadora de los campesinos, en quienes el disfrute de la propiedad se reduce al goce de hacer valer fanáticamente la propiedad imaginaria, el derecho de propiedad. [...]

