Blog de César Salgado

Os papeis terman do que lles poñen, e internet nin che conto…

Unión Europea: a “libre” circulación das persoas pobres

Francia expulsou hai uns días á familia Dibrani, unha familia de xitanos, enviándoa a Kosovo. O destino chama a atención porque a familia, coa excepción do pai, nunca estivera en Kosovo. Procedían de Italia, mesmo unha das fillas nacera na propia Francia. Os nenos estaban escolarizados, e nas notas publicadas polos medios non se di que cometesen delicto ningún, co cal sorprende máis a determinación das autoridades, o ministro Manuel Valls (el mesmo un inmigrante) á cabeza.

Houbo reaccións nos medios e o ministro Valls defendeuse dicindo que a expulsión fora “legal”. Para demostrar que esa defensa é unha falacia, ¿haberá que facer unha lista de inxustizas legais?

O presidente François Hollande quixo salvar algo da súa escasa popularidade sen dar imaxe de debilidade diante da ascendente Fronte Nacional, abertamente “anti-inmigración” (por non dicir racista ou xenófoba). Ofreceu que Leonarda, de quince anos, continuase os seus estudos en Francia, pero sen traer ó resto da familia. Esa oferta (que Leonarda rexeitou) é un insulto á intelixencia dos cidadáns de Europa, engadido ó insulto á dignidade humana que constituíu a expulsión.

Un dato importante é que acusan a esta familia por mentir na súa solicitude de asilo / residencia. Escapaban de Italia polas políticas e polos disturbios anti-inmigración (habería que dicir anti-pobres porque ós ricos non os perseguen) e mentiron por instinto de supervivencia. A expulsión confirma que facían ben en desconfiar: en Francia tamén foron perseguidos.

Copio a continuación algunhas notas publicadas nos medios sobre este asunto. Tamén é interesante o informe publicado por Amnistía Internacional baixo o título “Told to move on: Forced evictions of Roma in France”. No mesmo enlace pode accederse igualmente á versión en francés, titulada “Condamnés à l’errance: Les expulsions forcées de roms en France”.

“La deportación de la alumna gitana Leonarda Dibrani avergüenza a Francia” (El País, 15 – X – 2013)

El Gobierno de Hollande detiene y expulsa a una alumna kosovar gitana durante una excursión. La joven llevaba cuatro años escolarizada en el país.

Miguel Mora. París.

La detención y deportación de Leonarda Dibrani, una estudiante de origen kosovar, de 15 años y etnia romaní, que llevaba cuatro años escolarizada en Francia y que fue arrestada por la policía de fronteras (PAF) el 9 de octubre en el aparcamiento de un instituto público mientras realizaba una excursión escolar con sus compañeros de tercero de secundaria, llenó ayer las redes sociales francesas de mensajes de solidaridad e indignación.

Tras 24 horas de silencio oficial y de apagón mediático, la delegación del Gobierno en la provincia de Doubs (este del país) emitió un prolijo comunicado administrativo para justificar la legitimidad burocrática de la deportación de una familia numerosa —el padre, la madre Jamila, y seis hijos de entre uno y 17 años— que huyó de su minúsculo país escapando de la persecución racial y que intentó buscar refugio primero en Italia y más tarde en Francia.

El caso, que revela la ferocidad del tratamiento dispensado por el Gobierno francés a la minoría romaní, pese a las reiteradas promesas de humanidad lanzadas por el presidente socialista François Hollande, salió a la luz el lunes desde el blog que la asociación Red de Educación sin Fronteras (RESF) mantiene en la página web Mediapart.

En el post, los educadores de los institutos André Malraux y Toussaint Louverture, donde estudiaban con notables resultados académicos Leonarda Dibrani, de 15 años, y su hermana mayor, Maria Dibrani, de 17, se declaraban “sorprendidos por los métodos utilizados para devolver a niños de la minoría gitana a países que no conocen y cuya lengua no hablan”, y “estupefactos por ver cómo los esfuerzos de integración realizados por estos niños en la escuela son reducidos a cero por unas políticas ciegas e inhumanas”.

La profesora de Geografía e Historia del colegio André Malraux de Pontarlier, que guiaba la excursión escolar a la fábrica de Peugeot en Sochaux, explicó que la detención de Leonarda se produjo poco después de que un agente de la PAF le conminara por el móvil a detener el autocar escolar. Según la docente, fue Albert Jeannin, el alcalde de Levier, la ciudad donde habitaba la familia, quien llamó al teléfono de Leonarda: “Luego me pasó a un policía que me dijo que tenía que arrestar a uno de los alumnos que estaba en situación irregular. Yo le dije que no podía pedirme una cosa tan inhumana, pero él contestó que no había elección y que parara el bus inmediatamente”.

El comunicado del delegado del Gobierno afirma, sin embargo, que “el día previsto para la expulsión a Pristina de la madre y sus seis hijos”, fue la madre, que “deseaba que todos sus hijos le acompañaran [a Kosovo]”, quien avisó a su hija a su teléfono móvil. “Respondiendo a su deseo, la joven bajó del autobús para alcanzar a los funcionarios de policía que llegaban a hacerse cargo de ella para permitirle unirse a su familia. La operación se desarrolló con calma absoluta. El embarque de la familia con destino a Kosovo se hizo a continuación sin ninguna dificultad”.

Unas horas después de que la policía ordenara detener el autobús, que aparcó en el aparcamiento del instituto Lucie Aubrac, la madre, Jamila Dibrani, y sus seis hijos fueron deportados a Kosovo en un vuelo Lyon-Pristina.

El delegado regional de la ONG Red de Educación sin Fronteras (RESF), Jean-Jacques Boy, no discute la legitimidad de la expulsión forzosa, “sino la brutal forma en que fue ejecutada”. Según Boy, “el cinismo de las autoridades da ganas de llorar. Tratan de reescribir a posteriori la degradante detención de una alumna de la escuela pública durante una excursión, delante de todos sus compañeros”.

Pero la versión del prefecto asegura que fueron las asociaciones que ayudan a los gitanos en Doubs quienes “pidieron expresamente que la familia fuera reagrupada en Kosovo tras la deportación del padre”, que había sido expedido a Pristina el día anterior. El portavoz de RESF replica: “Eso es una locura. Kosovo es un país conocido por perseguir a los gitanos, que son allí unos verdaderos parias, y los miembros más jóvenes de la familia ni siquiera han estado y no hablan el idioma. La madre no sabía qué hacer, pero prefería quedarse en Francia para que sus hijos terminasen el colegio. El problema es que a nadie se le ocurrió pararse un momento a defender sus derechos y los de sus hijos”.

El relato de la prefectura resume en folio y medio el calvario administrativo y judicial vivido por los Dibrani para tratar de instalarse en Francia. La familia “entró irregularmente” en el país el 26 de enero de 2009, fecha que coincide con los ataques institucionales y los incendios de campamentos que sufrieron los romaníes en la Italia gobernada por Silvio Berlusconi. Los Dibrani solicitaron hasta tres veces la concesión del asilo político, pero las autoridades lo rechazaron el 29 de agosto de 2009 y dos veces más a lo largo de 2011. El 29 de septiembre de ese año, el delegado del Gobierno cursó una orden de abandono forzoso del territorio francés, que fue confirmada por los tribunales administrativos el 26 de enero pasado, y ratificada por la Corte de Apelación de Nancy en febrero.

La familia pidió entonces su regularización invocando la llamada circular Valls, de 28 de noviembre de 2012, que permite excepcionalmente a los extracomunitarios que cumplan diversas condiciones (entre otras, tener una casa digna, hablar francés y estar escolarizados) regularizar su situación y seguir en el país. En marzo de este año los Dibrani fueron entrevistados dos veces, pero el Estado decidió que no cumplían las condiciones por “sus insuficientes perspectivas de integración social y económica”. El 19 de junio, recibieron una nueva orden de expulsión.

Todo se precipitó el 4 de septiembre. “El jefe de la familia fue controlado por los servicios de policía del Alto Rin”, explica la nota oficial. El padre de los Dibrani quedó retenido en el centro de Geispolsheim hasta que el prefecto de Colmar fijó su repatriación para el 8 de octubre. Colmar es una localidad fronteriza con Alemania donde Nicolas Sarkozy, el presidente que declaró la guerra a los gitanos, celebró, el 8 de mayo de 2010, el día de la victoria aliada en la II Guerra Mundial. Dos años después, Hollande ganaba las presidenciales con el lema “el cambio es ahora”.

El Partido de Izquierda ha fustigado la política del ministro del Interior, Manuel Valls. “Es un bonito juego contar que los romaníes no se quieren integrar y después ir a perseguirlos a los colegios. La política inhumana de Manuel Valls es una vergüenza para Francia”, dice el comunicado, que concluye: “La lepenización de las mentes ha llegado hasta la plaza Beauvau” [sede del ministerio del Interior].

“No eran kosovares, eran gitanos”

Este diario intentó sin éxito recabar las explicaciones de todos los implicados en esta historia de ordinaria discriminación en el corazón de Europa. En el colegio André Malraux de Pontarlier imperaba la ley del silencio. Según informó la persona que atendía el teléfono, “los profesores son funcionarios públicos, no pueden comentar una decisión de la justicia, y ya no van a hacer más declaraciones”.

No hubo mucha más suerte en la pequeña alcaldía de Levier, el pueblo de 2 000 habitantes, situado a 50 kilómetros de la frontera suiza, donde residía la familia kosovar desde 2009, en una casa de acogida para extranjeros que esperan la concesión del asilo político. Un adjunto del alcalde, Albert Jeannin, afirmó que no estaba autorizado a hablar y se remitió a su jefe, informando de paso de que el equipo de Gobierno no tiene “ninguna filiación política porque el pueblo es muy pequeño”.

En casa del alcalde, cogió el teléfono una señora que se identificó como su mujer y que afirmó, muy enfadada, que se están diciendo “muchos disparates” sobre el caso. Tras un intento de profundizar en el asunto, la mujer zanjó así la conversación: “No eran kosovares, eran gitanos”.

Los Dibrani, apátridas de Europa (El País, 18 – X – 2013)

La saga de Leonarda Dibrani muestra la incapacidad de la UE para asumir la libre circulación de las personas pobres.

Miguel Mora. Mitrovica.

La detención digna de los años treinta de Leonarda Dibrani, una alumna francófona y gitana de 15 años, nacida y criada en Italia, pero de origen kosovar, cuando se encontraba en plena excursión escolar, y la fulminante deportación, suya y de su familia (sus padres y cinco de sus siete hermanos, de entre 17 meses y 17 años), han originado una enorme tormenta política en París. 2 500 kilómetros al este, en Kosovo, el caso apenas suscita un interés marginal. La familia Dibrani ha ido dar con sus huesos a Mitrovica, una ciudad partida en dos desde que en 1999 la OTAN bombardeara Kosovo, antigua provincia serbia que declaró su independencia en 2008.

Al norte del pueblo, feo y sin alma, están los serbios, que hoy suponen un 10% de la comunidad kosovar; al sur, los albaneses y algunos millares —nadie sabe cuántos realmente— de romaníes, ashkali y egipcios, conocidos como RAE, las tres etnias gitanas históricas de Kosovo.

Pero nadie parece sentir la menor curiosidad por esta familia cuyo fundador se marchó de Kosovo hace 38 años, que hoy se expresa en romaní, en francés y en italiano, y que está recién llegada de un remoto lugar de Francia llamado Pontarlier.

La vivienda donde se alojan los Dibrani, concedida por el Ministerio del Interior kosovar, que presume de ejercer la discriminación positiva con los gitanos, es una desvencijada pero digna casita de dos pisos que da a un pequeño jardín trasero y que los recién llegados comparten con otros kosovares —no romaníes— expulsados de la Unión Europea.

Desde 2011, Alemania y Francia consideran que la República de Kosovo es no solo un Estado legítimo sino un “Estado seguro”, y esta decisión política les ha permitido reenviar a casa a miles de miembros —gitanos y no gitanos— de la diáspora kosovar, formada por unos dos millones de personas, una cifra que según el flamante censo nacional es equivalente a la población que vive dentro del país.

Los Dibrani se han hecho famosos en Europa y su casa es un no parar de visitas y niños de todas las edades posibles. Casi todos los que asoman la nariz son franceses. Periodistas, por más señas. La presencia kosovar se limita a un policía y un funcionario, enviados por el ministro del Interior para gestionar los papeles de los Dibrani y ayudarles a regular el intenso tráfico de fotógrafos, cámaras y plumillas que buscan la entrevista definitiva con Leonarda.

La joven, encantadora, graciosa y cejijunta como su padre, sonríe sin parar y vacila como una adolescente: “Soy una estrella”, dice, “pero solo quiero volver al colegio con mis amigos, mis profes y mi novio”.

Su padre, Resat Dibrani, recibe al enviado de EL PAÍS con su mujer, Djemilah, a las ocho menos cuarto de la mañana, cuando los franceses y la parentela aún duermen. Él es un hombre gordito, con la cara ancha, de mirada directa y ojos grises. Ella es morenísima de piel y de pelo, viste de negro, lleva las cejas muy depiladas y parece siciliana o andaluza.

La primera sorpresa llega al comprobar que los Dibrani hablan entre sí en un italiano perfecto y son gente con mucho mundo. La segunda, al saber que la señora Djemilah no nació en los Balcanes sino en Caltanisetta (Sicilia); y la tercera es que no están casados —“convivimos”, dicen— y que se convirtieron en pareja —durmieron juntos por primera vez— en un campamento romaní de Secondigliano, el barrio camorrista por antonomasia de Nápoles.

La gran ironía de esta historia, sintomática de los dislates que lleva décadas —o siglos— cometiendo gran parte de Europa con la comunidad gitana —y de la desconfianza que muchos de ellos sienten hacia los poderes públicos—, es que la mayoría de esta familia a la que los medios llevan una semana llamando kosovar, no ha nacido y no ha vivido nunca en Kosovo.

Así que tenía razón la exaltada señora que el otro día respondió al teléfono en casa del alcalde de Levier, Albert Jeannin, la ciudad donde vivían los Dibrani. “No son kosovares”, dijo, “son gitanos”.

Pues sí. Los kosovares que han puesto al ministro del Interior francés, Manuel Valls, a los pies de los caballos de la opinión pública; los kosovares que han sacado a la calle a miles de estudiantes en París para exigir que la escuela sea un santuario y Francia no detenga ni expulse a una alumna, y los kosovares que fueron enviados a Kosovo el 8 y el 9 de octubre en un avión de Lyon a Pristina con escala en Alemania, apenas hablan kosovar (o albanés), solo tienen un 50% de sangre kosovar, han nacido en la UE y la han recorrido de punta a cabo.

De los ocho Dibrani que, en los últimos cuatro años y ocho meses, pidieron cinco veces asilo político y permiso de residencia en Francia —todas ellas sin éxito—, solo uno es kosovar. Los otros —y no todos— apenas conocen Kosovo por el nombre.

El señor Dibrani recita su alineación: “Daniel tiene 24 años, nació en Nápoles, y ahora está en Ucrania con su mujer. Erina, de 22, vive en Francia con su marido, pero nació ya en Fano, provincia de Pesaro (norte de Italia), igual que María, de 17; Leonarda, de 15; Rocky; de 12; Ronaldo, de 8, y Hassan, de 5, todos en Fano. Y Medina, la más pequeña, nació el 10 de junio de 2012 en Francia”.

“Yo nací aquí, en Mitrovica, hace 48 años, y soy el único que tengo documentos, un pasaporte yugoslavo muy gastado que me hice hace 34 años, cuando me marché desde Kosovo a Zagreb a hacer el servicio militar en el Ejército de Tito. Me han dicho en el Ministerio del Interior que en realidad no tenemos derecho a ser kosovares, aunque parece que lo van a arreglar”.

¿Y por qué no tienen papeles los otros Dibrani? “Nacieron en Italia y allí si no tienes al menos un padre italiano no puedes pedir la nacionalidad hasta los 18 años, te exigen sangre italiana”, contesta Djemilah. ¿Y usted no nació en Caltanisetta? “¡Sí, pero entonces era lo mismo!”.

El éxodo de la familia empezó en 1986, cuenta Resat. “Nací el 2 de septiembre de 1967 en Mitrovica. Entonces éramos decenas de miles de gitanos en Mahala, una ciudad-campamento que estaba cerca de aquí. Pero mi padre era borracho y mujeriego, se fue de casa y tuve una infancia dura. Me fui a vivir con mi abuela, y me criaron las comadres. Ayer intenté ir a ver a una de ellas y me enteré de que había muerto”, recuerda el señor Dibrani, que de joven fue comerciante de zapatos y de bisutería y tiene labia de vendedor de alfombras.

“Cuando mi abuela murió, tenía nueve años y me fui con mi tía abuela. Allí conocí a Djemilah en 1989. Tenía 13 años y no me gustó, era demasiado descarada, llevaba unos escotes muy abiertos… Su hermana era más guapa, pero era más pequeña y tímida… Cuando llegué a la edad de hacer la mili, fui un año chófer de los oficiales. Al acabar, volví a Mitrovica, pero como mi hermano mayor se había ido a Nápoles, y llevaba 20 años sin verle, decidí irme a Italia”.

Los padres de Djemilah eran gitanos de origen croata, y también se fueron a Italia a trabajar como comerciantes de hierro en 1969. “Trabajaron en Palermo, en Messina, en muchos sitios. Yo nací en Sicilia porque vivieron allí mucho tiempo. Pero luego nos marchamos a Nápoles, volvimos a Croacia, fuimos a España”, dice la mujer.

“Éramos jóvenes, y vivimos muchos años como nómadas sin fronteras”, prosigue el marido, “donde oíamos que se podía vivir tranquilos, allá nos íbamos. Yo vendí rosas en Sevilla, pañuelos en Bélgica, tabaco en Alemania, hasta que nos instalamos en Fano, el Ayuntamiento nos ayudó mucho y pude montar una empresa de recogida de trastos y limpieza de jardines”.

“Le juro sobre mi padre muerto”, dice Djemilah, “que jamás hemos pedido limosna, ni hemos vendido a una hija, ni hemos hecho ninguna cosa horrible. Somos gente normal, creyente, familiar. A Resat le metieron en la cárcel de Nápoles una vez por error, y cuando salió le dieron un cheque y todo”.

La saga de estos apátridas es ejemplar, además de por su optimismo vital y su alergia a las patrias y los documentos —vestigio quizá de un ADN receloso con los censos, que solían ser preludio de pogromos—, por algunas otras costumbres muy mal vistas en esta Europa neoliberal y burguesa.

Su historia, hecha de viajes, libertad, aventuras y fugas, produce a la vez envidia y vértigo, y es a la vez la encarnación y el reverso del sueño europeo: gente que habla tres o cuatro lenguas, y que va saltando de país en país según cambia el aire.

Pero a la vez es la muestra de la incapacidad de la UE para asumir la libre circulación de las personas pobres, y de su desinterés por conceder los derechos básicos y respetar a su única minoría étnica, que por cierto fue parcialmente exterminada durante el Holocausto: 800 000 gitanos murieron en el Porajmos (devoración, en caló).

Quizá la historia de Leonarda sirva para que los políticos, y los ciudadanos que consideran a los gitanos los culpables de crisis que nada tienen que ver con ellos, comprendan que este pueblo se hizo nómada por necesidad, y que ha ido dejando de serlo solamente en aquellos lugares que lograron cambiar el odio por una mano tendida, o a medida que sus hijos se han escolarizado y han entendido que solo con una buena educación podrán mantener el radical sentimiento de la libertad que les legaron sus ancestros.

Si los diez millones de gitanos europeos son el producto de una diáspora muy antigua y de la historia que escribieron a golpe de expulsiones los dictadores, desde los Reyes Católicos a Hitler y Franco, en los últimos 40 años su supervivencia ha dependido de las decisiones de los líderes democráticos europeos. Y su nivel de vida ha mejorado notablemente en los sitios donde se han hecho políticas de inserción a largo plazo, como España. “Tenemos parientes en todas partes. Pero queríamos quedarnos en Italia, allí nacimos casi todos y teníamos una casa preciosa, con jardín, cerca del mar”, dice la madre.

“Todo nos iba bien hasta que Silvio Berlusconi dijo que había que echar a todos los gitanos del país”, recuerda el padre. Eso fue antes y después de las elecciones de 2008. El Gobierno italiano no dudó en censar, tomar las huellas, tolerar ataques motorizados e incendiarios a campamentos y deportar en masa a los gitanos. La huida de los Dibrani desde Italia a Francia coincidió, en enero de 2009, con el clímax de esa ofensiva. “Nos fuimos dos días antes de que nos expulsaran. El abogado me contó que iban a mandarnos a Croacia, así que cogimos la furgoneta, y salimos por San Remo hasta Orleans”.

20 Outubro 2013 - Posted by | Amnesty International, France, Human Rights, Italy, Kosovo, Politics

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